La Arquitectura del “2 de Diciembre”

BOLETÍN DEL CIHE #27 – CARACAS DICIEMBRE DE 1986

 

La Arquitectura del “2 de Diciembre”

 

MANUEL LÓPEZ

 

 

Revisar críticamente las realizaciones arquitectónicas y urbanísticas promovidas por el Banco Obrero durante el período de la dictadura perezjimenista se presenta como área extremadamente actual en la medida que en aquellas obras se puede vislumbrar la aparición de una praxis ampliamente asumida, con posterioridad, como objetivo específico de la arquitectura de vanguardia venezolana.

 

Los grandes temas de eliminación de la vivienda marginal en cerros y quebradas, de la lucha contra la renta del suelo urbano, de la gestión pública de la edilicia popular, de la renovación tecnológica del ciclo constructivo, de la “infiltración” arquitectónica en las instituciones y de un trabajo intelectual dentro de la selva del burocrático, aparecen efectivamente, en el período considerado, como motivos tan vinculados a la gestión del Banco Obrero que ofrecen muy evidente, razones de crítica para el análisis histórico de la tradición de las reivindicaciones proclamadas por la arquitectura de vanguardia, en el campo de la política y de la administración urbana.

 

El Nuevo Ideal Nacional

 

No es extraño que hoy se conviertan en objeto de interés tanto la Venezuela de Pérez Jiménez, como las experiencias arquitectónicas y urbanísticas del perezjimenismo. Ni resulta tampoco peculiar que en los análisis donde se plantean las conexiones entre nivel político de intervención disciplinar en el campo arquitectónico, los significados esenciales de la misma conexión resulten finalmente ambiguos o equívocos. En efecto, actualmente parece difícil prescindir de análisis y señalamientos como los ofrecidos recientemente por Freddy Rincón en El Nuevo Ideal Nacional (1). “A diferencia de lo que se piensa comúnmente –escribe Román- sostenemos que a partir del 2 de diciembre de 1952, momentos en el cual se desconocen los resultados electorales del 30 de noviembre y se designa Presidente Provisional al entonces Coronel Marcos Pérez Jiménez, triunfa definitivamente la tendencia militarista que proponía un modelo de desarrollo de claro corte tecnocrático y desarrollista, basado en el ejercicio autoritario del poder. Este modelo se expresó en una doctrina conocida como el Nuevo Ideal Nacional, instrumento ideológico que actuó como factor legitimador de los planes económicos y militares, en los cuales se sintieron representados sectores del empresario de las Fuerzas Armadas” (2). Mediante estos planes, el espectacular desarrollo alcanzado por Venezuela durante el período dictatorial es reflejado en forma neutral por diversas estadísticas e indicadores económico-social (3).

 

En cuanto ideología oficial del régimen, el Nuevo Ideal Nacional pretendía “lograr para Venezuela un puesto de honor entre las Naciones y hacer una Patria cada día más próspera, digna y fuerte” (4). Este “ideal nacional” se alcanzaría mediante”la transformación racional del medio físico y el mejoramiento de las condiciones morales, intelectuales y materiales de los habitantes del país” (5).

 

El primado de “la transformación del medio físico”, como condición previa para la felicidad posterior y motivo justificador de los grandes programas de construcción de la dictadura, puede explicar algunos aspectos de la política perezjimenista “clásica” sobre inversiones y gastos en obras públicas. Pero, para comprender los fenómenos históricos que siguen al glorioso “2 de Diciembre” y concluyen el igualmente célebre “23 de Enero” es necesario considerar la otra cara de la moneda, no señalada por la copiosa crítica posterior: el nivel de mediocridad intelectual, de pseudo-cientifisismo, de miseria teórica, que el Nuevo Ideal Nacional perezjimenista presupone.

 

El nuevo recetario de la dictadura hundía sus raíces en el viejo positivismo local, con sus llamados al “orden” y al “gendarme necesario” como condición para el progreso social. Bajo el ingenuo paternalismo de una camarilla iluminada, repartiendo dádivas sin el concurso de un reclamo popular, se ocultaba el deseo de asegurar la perpetuación del régimen mediante un utópico consenso nacional. Para lograrlo, la dictadura utilizó diversos factores de tipo cohesionador o coercitivo, que permitieron al sector empresarial desarrollar un proceso de acumulación de capital sin mayores conflictos (6).

 

Gestión pública y acumulación privada

 

Es claro el papel que las grandes obras de arquitectura y urbanismo impulsadas por el régimen jugador dentro de su proyecto político y la función cumplida, aunque tuviesen ideales distintos, por los intelectuales y técnicos a su servicio. El propio dictador se encargó siempre de hacer notorios tales apoyos disciplinares para avalar sus planes y ratificar sus objetivos (7). Lo realmente singular es que la gestión “social” del Banco Obrero no haya hecho más que seguir fielmente la política del gran capital nacional.

 

Como ha evidenciado Clemy Machado de Acedo, el rol del Estado venezolano durante los años 50, en cuanto eje sobre el que rota el proceso económico del país, es fundamental (8). Máximo receptáculo de los crecientes ingresos derivados de la renta petrolera, el Estado ve aumentar en forma progresiva sus disponibilidades fiscales y sus posibilidades de intervención institucional, convirtiéndose en el factor primordial de acumulación al transferir sus ingresos al sector privado de la economía nacional. La vía fundamental de esta transferencia es el gasto estatal en obras públicas, que alcanzará a más de la tercera parte del gasto público total. La intensa actividad constructora del Estado durante esos años, en donde sobresale la construcción masiva de viviendas, se canaliza y ejecuta a través de empresas privadas que en cortos plazos incrementan sus ganancias y duplican su capital, especialmente las de mayor envergadura y vinculación con el régimen. Además, esta transmisión de recursos tiene un efecto multiplicador: el dinamismo inmediato que produce en la industria de producción de materiales y en el comercio de insumos para la construcción, ambos en manos del sector privado, repercute rápidamente sobre el resto de las actividades económicas de la sociedad civil.

 

El proceso de acumulación se desarrolla a ritmos inusitados debido a la satisfacción por parte de la dictadura de las demandas del empresariado en cuanto al financiamiento de la industria de la construcción, a favorables condiciones y costos de producción, a exenciones fiscales e incremento de las tasas de beneficio, a fijación de sistemas administrativos y de licitación de obras favorables a las grandes empresas y, particularmente, a una política laboral que garantiza la disponibilidad de la fuerza de trabajo y la “paz social”. Es decir, una política de gasto público que, por un lado, tiende a gestar y favorecer la acumulación privada, sobre los intereses de los trabajadores y bajo el amparo estatal y, por otro lado, que actúa claramente en función de contención de la presión popular en el mercado de trabajo y de paralizar los enfrentamientos de clase, que perfilan peligrosamente bajo el régimen dictatorial.

 

No vincular la gestión del Banco Obrero entre el 52 y el 58 con esta doble ofensiva contra el movimiento popular significa descartar toda posibilidad de comprender la estructura real de las operaciones de política urbanística, exaltadas por la crítica nacional e internacional como modelos, aunque imperfectos o limitados en su instrumentación disciplinar, de un momento estelar de la arquitectura y el urbanismo venezolanos.

 

El fracaso de esa política de gastos indiscriminados solamente se hará manifiesto cuado el gobierno, para financiar los ambiciosos programas de obras públicas a los que se había lanzado, y que excedían con creces su capacidad de pago, tenga que recurrir al otorgamiento de nuevas concesiones petroleras como medio de obtener ingresos adicionales. Esta inflación del gasto público y el consiguiente deterioro de la situación fiscal se convertirán en factores decisivos para el desmoronamiento de la dictadura (9).

 

Lo que es necesario subrayar, en todo caso, es la estrecha vinculación entre los intereses del capitalismo nacional y su acelerado proceso de acumulación durante el período, y la desenfrenada política de gasto público realizada por el Estado, a través de la labor “social” de organismos como el Banco Obrero (10).

 

La utopía del plan

 

Sobre ese telón de fondo, se puede decir estructural, pasaremos ahora a valorar la actuación de los gestores de la política gubernamental en el campo de la arquitectura y del urbanismo. Observaremos, particularmente, cómo los intelectuales insertos en la propia institución estatal sublimarán los equívocos de aquellas políticas inflacionarias para dar vida a sus modelos de intervención proyectual.

 

Un principio que parece destacarse al respecto es la intención de enfrentar el grave problema de la vivienda marginal, de los 40.000 ranchos que a principios del 50 ocupaban cerros y quebradas del Distrito Federal, demostrando la capacidad organizadora y de gestión racional del régimen y su empeño de adelantar “la transformación del medio físico” postulada por el Nuevo Ideal Nacional.

 

La primera ejemplificación de tal capacidad, a través del Banco Obrero como órgano de gestión fundamental, lo constituye la formulación del “Plan Nacional de la Vivienda, 1951-1955”. A lo largo de 1951 se desarrolla un proceso de cambios internos en el Banco, que abarca desde el nombramiento como director del ingeniero Julio Bacalao Lara, antiguo contratista de obras para la institución, hasta la reestructuración de la Sala Técnica para adecuarla a los nuevos compromisos y tareas. A Carlos Raúl Villanueva, único arquitecto (“consultor”) del Banco Obrero, en los primeros meses del año se le suman los aún estudiantes de arquitectura Guido Bermúdez y Carlos Brando y el arquitecto colombiano Carlos Celis Cepero, quien se convertirá en el motor inicial del nuevo “Taller de Arquitectura del Banco Obrero” (TABO). En poco tiempo el Taller ve engrosar sus efectivos con otros arquitectos y con un grupo de estudiantes de arquitectura, algunos de los cuales, como José Manuel Mijares y José Hoffman, permanecerán junto a Villanueva en el TABO hasta el final del “2 de Diciembre”, en 1957.

 

De ese grupo nacen los proyectos para el “Plan Nacional de la Vivienda”, que se exponen públicamente en noviembre de 1951 en la sede del Colegio de Ingenieros (11). El entusiasmo es general: la incorporación de ingenieros calculistas, como José Antonio Pizzolante, o de artistas de regreso de la metrópoli parisina, como Mateo Manaure, revela las ansias univarsalistas y de “síntesis” que mueven al juvenil equipo que dirige el maestro Villanueva. Las conexiones internacionales se multiplican y el propio Bacalao Lara descubre en México los grandes bloques multifamiliares de Mario Pani, inaugurados recientemente (12). En ellos parece gestarse todo un mundo nuevo de posibilidades: para el Plan de cuatro años, Bacalao Lara proyecta construir más viviendas que las realizadas por el Banco Obrero durante toda su historia. En base a los Planes Reguladores elaborados por la Comisión Nacional de Urbanismo, cuyo Secretario es el propio Villanueva, el TABO produce los proyectos de conjuntos residenciales y unidades vecinales para “solucionar el problema de la vivienda en Venezuela” (13): la ideología del Plan se convierte en empresa colectiva.

 

En el TABO se siguen atentamente los laberínticos recorridos de la “recherche patiente” de Le Corbusier, viajero consecuente por diversos países latinoamericanos, buscando orientación en sus propuestas arquitectónicas y convirtiendo al Taller en una “seccional” del movimiento internacional corbusierano (14). El espíritu modernizador lleva hasta a reurbanizar la producción anterior del maestro Villanueva: las alemanas siedlungen de Coche y Casalta se convierten en unidades “vecinales” y “cooperativas” (15). Bajo cambios aparentemente superficiales se desliza una utopía que pretende rescatar, en controlados conjuntos residenciales de la periferia urbana, la mítica “unión con la Naturaleza” y el “alma de la Comunidad” perdida. Ante el caos de la metrópoli y sus relaciones masificadoras y conflictivas. La Unidad Vecinal ofrece la “síntesis” entre clases, los valores comunitarios y las cualidades subjetivas. A la irracionalidad de la gran ciudad capitalista, con su totalizador anonimato y eficiente extracción de plusvalía, se le opone la imagen del trabajo liberado y la fragmentación en “islas cooperativas” (16).

 

Una vez expuesto el Plan, queda formulada la utopía de la arquitectura moderna venezolana: con la construcción de la Comunidad “2 de Diciembre” en 1957, será utopía realizada. En su núcleo, como en el de la Exposición de 1951 en la sede del Colegio de Ingenieros, se encuentra la tipología anhelada: el gran edificio multifamiliar, la Unité d’Habitation corbusierana, el superbloque.

 

La idea del superbloque

 

Le Corbusier siempre ubicó el origen de la Unidad de Habitación (1945) en su descubrimiento de la Cartuja de Ema, cerca de Florencia, durante uno de sus viajes de estudio de 1907. En esa edificación del Renacimiento vio un modelo de perfecta armonización entre la vida privada (la celda donde cada monje se retira a estudiar y descansar) y la vida social que el colectivo religioso desarrolla en el resto del complejo (17). Este modelo estará presente como objetivo a lograr a lo largo de toda su obra, desde los proyectos iniciales hasta los últimos publicados en la Oeuvre Compléte. En 1922, aparecía el antecedente directo de la Unidad de Habitación: el Inmueble-Villas. Se trataba de una edificación de 10 pisos, ocupando perimetralmente una manzana completa, con 120 apartamentos duplex de amplias terrazas-jardín y espacios a doble altura, y con una serie de servicios colectivos ubicados sobre el techo del prototipo. Tres años más tarde, Le Corbusier ampliará su capacidad a 340 apartamentos y ligará los grandes edificios entre sí mediante pasarelas sobre las calles de la ciudad. La idea–base de la Unidad ya estaba allí: proporcionar un esqueleto estructural en el que toma forma física un montaje indefinido de células habitables y que incorpora los servicios colectivos necesarios.

 

En esta época Le Corbusier trabaja con una noción de ciudad “entramada”, apoyándose sobre la morfología de la ciudad tradicional. En la Villa Radieuse (1930), los bloques de vivienda y las autopistas se levantan sobre pilotis, para permitir un “continuum” urbano dominado por las áreas verdes y la vida peatonal. Pero, a partir de varios proyectos de mediados de los 30, la utopía de un tejido urbano “trenzado”, orgánico, interconectado, desaparece y en su lugar emergen, particularmente sobre terrenos accidentados, los grandes bloques aislados y rigurosamente orientados en dirección norte-sur. En ellos se concreta la idea de integrar la vivienda y los servicios colectivos en una propuesta arquitectónica unitaria. Es decir, que la concentración vertical de las viviendas en un gran bloque aparece justificada en tanto se produce la asociación inextricable con sus servicios primarios.

 

Sin embargo, para comprender el carácter de síntesis de la Unidad de habitación corbusierana, todavía sería necesario observar la “búsqueda paciente” realizada sobre otro de sus componentes: la célula de habitación. Se trata de un apartamento duplex que se desarrolla “en profundidad” a todo lo ancho del edificio, con ventilación cruzada y doble exposición por las fachadas longitudinales, y al que sirve un corredor interno (la “rue intérieure”) cada tres pisos. Estos apartamentos, que en la Unidad de Marsella serán hasta de 23 tipos diversos y que implican una forma altamente “urbanizada” de vida, aparecían en los bloques de vivienda de la Ville Radieuse en 1930 y en los proyectos de Unidades de Habitación de 1945, contemporáneas a la que se construirá en Marsella a partir de esa fecha (18).

 

La Unité d’Habitation, pues, como síntesis de un conjunto de investigaciones previas. La de Marsella consta de 337 apartamentos, protegidos por loggias de una orientación este-oeste, para 1.600 habitantes que cuentan también con 26 servicios colectivos ubicados en el “techo-jardín” (desde gimnasio hasta “montañas artificiales” para juegos infantiles) o en la “calle comercial” (peluquería, farmacia, restauran, etc.) ubicada en el séptimo piso a 25 metros del suelo. Sobre éste, el escultural “trasatlántico” de concreto sólo se apoya en los pilotis, que esconden en su interior todas las canalizaciones del edificio.

 

A pesar de las adversas críticas que recibió en su tiempo, el prototipo corbusierano demostró que su propuesta residencial era asequible, no para el granjero provenzal o el proletario marsellés, sino para la educada clase media (profesionales, artistas, profesores universitarios, etc.) de grandes ciudades europeas.

 

Nos hemos detenido en la génesis de la Unité d’Habitation porque, manifiestamente, constituye el modelo que los arquitectos del TABO intentarán transplantar a los cerros caraqueños. Efectuar una comparación entre el modelo curbusierano y los superbloque del “2 de Diciembre” revelaría de manera trágica y concluyente, el alienante proceso de “reducción” a que fue sometida la compleja propuesta del maestro suizo, para su adaptación “realista” a las exigencias y objetivos del régimen perezjimenista.

 

Reseñaremos, ahora, los puntos cardinales de ese proceso reductivo que culmina en el “2 de Diciembre”.

 

Los primeros superbloques

 

No hay “recherche patiente” entre los arquitectos del TABO. Lo que existe es un sentido de urgencia ante la inmediatez de los requerimientos que plantea la gestión perezjimenista del problema de la vivienda. Para responder a ellos los arquitectos venezolanos recurren a los modelos “universales” garantizados por el prestigio de figuras internacionales, sin que haya el tiempo o los instrumentos críticos necesarios para realizar una exhaustiva evaluación de prototipos generados en otras latitudes, capaz de verificar su adecuación a las condiciones locales. Por otra parte, el ejemplo de otros arquitectos latinoamericanos, como el mexicano Mario Pani, el argentino Eduardo Catalano o el brasileño Oscar Niemeyer, que han hecho suya con antelación la tesis corbusierana, refuerza las convicciones de los arquitectos del TABO (19).

 

En la mencionada Exposición de 1951 del “Plan Nacional de la Vivienda” se presentan los primeros superbloques venezolanos. La “Unidad de Habitación Quinta Crespo”, proyectada por Villanueva y Celis Cepero, consistía en un edificio de 13 plantas y 118 apartamentos de varios tipos, con espacios a medios niveles y acceso por un corredor central que se ampliaba hacia la fachada del edificio. La doble exposición norte-sur de los apartamentos, también protegidos por loggias, permitía visuales sobre El Ávila y El Paraíso a sus 600 habitantes que, además, contaban con servicios colectivos en el techo-terraza (gimnasio, biblioteca, club social, etc.), pues los corbusieranos pilotis también desaparecían y el nivel del suelo era ocupado. Desafortunadamente, su ubicación junto al Mercado de Quinta Crespo chocó con disposiciones municipales para la zona y la primera Unidad de Habitación venezolana se quedó en proyecto.

 

La “Unidad de Habitación El Paraíso”, proyectada también por Villanueva y Celis Cepero, tuvo mejor fortuna y fue inaugurada en 1956, aunque sólo se realizó uno de los tres superbloques programados y un prolongado proceso constructivo hiciese que al final su aspecto fuera bastante distinto del original. Se trataba de una edificación de 18 plantas (las dos inferiores destinadas a estacionamientos) y 182 apartamentos duplex de varios tipos, para 1.120 personas que disponían, también, de una serie de servicios colectivos en el techo-jardín y en la planta baja del edificio. En lugar del bloque lineal orientado en una sola dirección, los apartamentos se organizaban en tres cuerpos articulados perpendicularmente, con loggias que protegían su diversa orientación y brindaban a las fachadas, al igual que en Quinta Crespo, una gran riqueza plástica y contrastes visuales desde el exterior. Esto se pierde en el superbloque finalmente construido, en honor a la exhibición del esqueleto estructural sobre fachadas planas, cuya mayor innovación reside en el uso de la “policromía” sobre las paredes exteriores del edifico. Se trata de uno de los aspectos más resaltantes, también, de los superbloques del “2 de Diciembre” y de otra deformación del modelo curbusierano, en el cual la pintura de colores vivos sobre las paredes internas de las loggias pretendía corregir los imprevistos errores de la construcción en concreto armado, así como acentuar la autonomía expresiva de cada célula “montada” idealmente en la estructura edilicia. Pero aquí, la idea de pintores y arquitectos es distinta y pone en cuestión la misma noción de gran tratamiento facial de colores alternados al “gusto” de los artistas.

 

El empeño por la “policromía” resulta altamente significativo de la “rebelión” ante las limitaciones expresivas y de la sufrida condición en que se desarrollará la labor de los arquitectos. En principio pareciéramos estar frente a la aceptación de un nuevo rol del trabajo intelectual, en el que han desaparecido las componentes utópicas para dar paso a la labor técnico-administrativa y a un compromiso directo en la gestión concreta del ciclo edilicio. La institucionalización de un trabajo intelectual insertado en la productividad conllevaría al nuevo papel del arquitecto como organizador del ciclo económico, perdida ya toda valencia como variable independiente la manipulación formal de los edificios. Sin embargo, en la obra de los arquitectos del TABO hay demasiados indicios de un proceso enrarecido por la persistencia de viejos anhelos “artísticos” por la ausencia de sólidas convicciones sobre los fenómenos de la producción masiva.

 

Esa ambigüedad también impregna al último superbloque expuesto en el “Plan Nacional de la Vivienda” de 1951, que es el más corbusierano de los tres, a pesar de sus evidentes diferencias con el bloque de Marsella. La “Unidad de Habitación Cerro Grande”, proyectada por Guido Bermúdez como tesis para el grado de arquitecto, será el punto de partida del sistema de superbloques para “Cerro Piloto”, en 1954. Consiste en un edificio de 15 plantas, con pilotis en la primera y servicios colectivos en la quinta, que se proyectaban ligar mediante una pasarela a las áreas verdes de la colina que tapa el superbloque. Otros servicios comunales para sus 900 habitantes se localizan en el techo-jardín y en una edificación independiente construida con posterioridad. La estructura aporticada de concreto, con vigas en voladizo y marcos rígidos de dos patas en sentido transversal, sirve de soporte a 144 apartamentos duplex y simplex, con doble exposición norte-sur y acceso mediante corredores externos cada tres pisos, a los que sirven dos torres de circulación vertical o independizadas del edificio.

 

En 1953 la tipología del superbloque se ve incrementada con el que proyecta Carlos Brando, también como tesis de grado, para la “Unidad de Vivienda Diego de Losada”. Su importancia radica, aparte de mostrar la factibilidad de los superbloques “apareados” (pues se construyeron uno de 15 plantas y otro “doble” de 11 plantas), en que será el tipo utilizado masivamente en la comunidad “2 de Diciembre”. Se trata de un edificio de casi 80 metros de largo y 12 de ancho, con una torre de dos ascensores, independizada de la estructura principal que sirve, cada tres pisos, a los corredores externos de acceso a los apartamentos. Estos se localizan diez en cada planta, la mayoría tiene tres habitaciones y el ingreso a los ubicados en un piso inferior o superior se realiza por escaleras internas. Un entramado esqueleto de concreto a la vista, formado en sentido transversal por marcos rígidos de cuatro patas, asegura el soporte del macizo volumen de viviendas y de los escuálidos lavaderos del techo.

 

En realidad, es aquí cuando concluye la operación reductiva del modelo corbusierano, convertido ahora en “superbloque” de viviendas y listo para su aplicación masiva. El saldo de esta operación repercutirá negativamente, especialmente en cuanto a la eliminación de los servicios colectivos y a la conversión de amplios apartamentos en células de “vivienda mínima”, en la gran obra del “2 de Diciembre”.

 

El plan “Cerro Piloto”

 

En su alocución de Año Nuevo, el 31 de diciembre de 1953, el Presidente Pérez Jiménez anunciaba al país la “reubicación” en viviendas adecuadas de la población marginal de la capital de la República, como primera realización del “plan de desocupación de los cerros” (20). Cuatro meses más tarde, al reseñar las obras “en marcha”, será más específico: “De ellas mencionaré el despejo del que se ha denominado Cerro Piloto, que implica mediante la ejecución de un plan especial, la solución original de uno de los aspectos de mayor interés social y urbanístico del problema de la vivienda. Tal obra comprende la edificación, a un costo aproximado de 90 millones de bolívares, de 40 bloques de apartamentos destinados a alojar las 40.000 personas que actualmente habitan en los ranchos hacinados en dicho cerro” (21).

 

Los preparativos de la magna empresa se desarrollan a lo largo de 1953 y a finales comienzan los desalojos de ranchos en La Vega. En enero del 54, mientras que se realizan los movimientos de tierra, se termina el Informe Preliminar sobre el Cerro Piloto: El problema de los cerros en el Área Metropolitana (sic), realizado en los cuarenta días precedentes por el Banco Obrero (22). Evidentemente, era un informe superfluo: la decisión de intervenir sobre el sector sur del llamado “cerro central”, considerado como lugar de ensayo o “cerro piloto” para realizar un programa de vivienda espectacular, se había tomado con anterioridad y al margen de informes sociológicos, económicos o constructivos. Para el Nuevo Ideal Nacional, el problema era sencillo: por un lado, existía un problema de vivienda marginal que afectaba directamente a 300.000 personas (el 40% de la población de la ciudad) y el mayor porcentaje se concentraba en el “cerro central”; por otro lado, este cerro gozaba de una ubicación estratégica, que reforzaría las obras edilicias y de vialidad que se proyectaban, ofreciendo a cambio una imagen deplorable y antiestética del progreso alcanzado por la capital bajo la dictadura militar y limitando la “transformación del medio físico” a palabrería sin contacto con la realidad; por último, tanto la industria de la construcción como la “clase técnica” nacional parecían dispuestos a asumir la responsabilidad: el Plan Regulador de 1951 recomendaba para la zona “vivienda multifamiliar” y en el TABO se habían puesto a punto las tipologías para realizar el Plan. Ningún “informe preliminar” podía contestar, sino al contrario corroborar, el pragmatismo analítico de los gestores de la vivienda y de la cúpula militar.

 

Desde mediados de 1953 el Banco Obrero sufre otro proceso de reorganización para enfrentar lo que se avecina: Bacalao Lara pasa a ser Ministro de Obras Públicas, Marco A. Casanova asume la dirección después de su pasantía dirigiendo las obras de la autopista a La Guaira, la Sala Técnica se reestructura y amplía. En el TABO, Bermúdez proyecta el sistema constructivo de los superbloques del “Cerro Piloto”. La aristocrática “Unidad de Habitación Cerro Grande” será sometida a las exigencias y realidades de la población marginal: al final habrán desaparecido los pilotis, los apartamentos duplex y sus loggias, los servicios colectivos y las torres de circulación vertical. La eficacia plástica de las fachadas ahora se concentra en la exhibición de las escaleras auxiliares para acceder a los apartamentos de los pasillos.

 

La fragmentación del superbloque en módulos de 27 metros de longitud, unos con las escaleras auxiliares y otros con el núcleo de circulación vertical incluido, permite la combinación de dos de los primeros con uno de los últimos, en el centro, para formar el “clásico” superbloque de “Cerro Piloto”. Para insertarlos en su malla estructural, Bermúdez estudió ocho tipos diferentes de apartamentos, pero la “realidad” redujo la teoría flexibilidad a la construcción de sólo tres tipos, desde luego, en un tiempo record de seis meses.

 

Para enero de 1955 y sobre los terrazeados cerros de Cútira, La Vega, El Atlántico, Artigas, Urdaneta, Pro-Patria y Cotiza, una multitud de desalojos del lugar, convirtiéndose en espectáculo de sí misma, retornaba al “paraíso perdido” y encontraba en los 6.000 apartamentos de esbeltos superbloques construidos por el eficiente empresariado nacional, el instrumento espacial y visual para una auto educación desde el punto vista de los ideales de la dictadura militar.

 

Ahora, la función debía continuar.

 

La Comunidad “2 de Diciembre”

 

La “transformación del medio físico” se trasladaría al sector norte del “cerro central”. El proceso de conformación de los barrios allí existentes se remonta a finales del siglo XIX, con el surgimiento de “Monte Piedad” al oeste de la estación del ferrocarril Caracas-La Guaira. Poco tiempo después, siempre hacia el oeste y contenidos por la carretera al litoral, aparecerían “Colombia” y “Las Canarias”, cuyo proceso de urbanización dirigieron los propios dueños de los terrenos. La demolición de estas consolidadas y tradicionales barriadas de la Parroquia Catedral, permitirá la construcción, en 1955, de la Primera Etapa del “2 de Diciembre” (Sector Este). Un proceso similar se inicia en la década del 20 con la urbanización de “La Cañada de la Iglesia”, realizada por sus propietarios en torno al camino ascendente desde la Avenida Sucre al viejo hospital. Cuando sea demolida con sus solidados barrios internos (“San José”, “La Palestina”, “La Yerbera”), allí se construirá la Segunda Etapa del “2 de Diciembre” (Sector Central). El proceso vuelve a repetirse, a principios de los 30, con la urbanización de “Los Flores” por sus dueños. Después se conformarán “San Luis”, “Barrio Nuevo” y “Puerto Rico” (ubicado al lado de Pérez Bonalde). Una vez demolidos, se levantará la Tercera Etapa (Sector Oeste), en 1957.

 

Para esta época, todo este conjunto de barrios se unían desde El Calvario hasta Catia, conformando una entidad urbana consolidada, y el equipo del TABO que dirige Villanueva elabora un plan director constituido por tres grandes Unidades Vecinales, que corresponden a tres etapas de realización del proyecto (23). La “Comunidad” quedaba limitada al norte por la Avenida Sucre y la Calle Real de los Flores, mientras que a todo lo largo de la cresta del cerro se desarrollaba un parque en continuidad con el de El Calvario y orgánicamente ligado a las zonas verdes de cada una de las Unidades Vecinales, que se independizaban ante la presencia de la antigua Cañada de la Iglesia y el paso de la nueva autopista Caracas-La Guaira. El proyecto preveía un gran “Centro Comunal” para todo el conjunto (que no se construyó) y un “Centro Cívico” para cada Unidad Vecinal (el de la primera, ubicado en el espacio que ocupa la Academia Militar, que no se pudo construir). Ello sólo revela un aspecto de la utopía que seguían los arquitectos y su incomprensión de la operación en la que estaban inmersos: los servicios comunales, zonas verdes o campos deportivos proyectados resultaban prescindibles ante la “primera prioridad” de la célula de vivienda.

 

Las edificaciones de cada Unidad Vecinal se distribuyen sobre grandes terrazas de taludes reforestados, en cuyos bordes serpentean las vías de circulación automotor y, a su lado, los estacionamientos procuran no interrumpir la continuidad del espacio “cooperativo” exterior. Este es el tema central que mueve la composición de las Unidades Vecinales y que muestra otro aspecto del idílico sueño perseguido por los arquitectos: el logro de un espacio externo caracterizado, que se define mediante la adecuada disposición de los bloques, capaz de alentar los encuentros colectivos y de procurar valores civiles y comunitarios.

 

Aparentemente, se trata de un objetivo contradictorio con la rigurosa, “militar”, disposición de la mayoría de los superbloques sobre las terrazas, en función absoluta de la clásica orientación norte-sur. Pero esta ortodoxia de los superbloques, que les sirve para colocarse indiferentes a la trama urbana de la ciudad o al histórico edificio de la Academia Militar, no es tan rígida como pretenden aparentar: no son las mismas fachadas las que miran a un mismo punto cardinal, ni las torres de circulación vertical se ubican siempre del mismo lugar o las habitaciones de los apartamentos reciben de igual manera el sol matinal (lo intercambian con las cocinas con gran facilidad).

 

En el caso de la disposición de los bloques de cuatro plantas de heterodoxia solar alcanza la herejía compositiva. En el fondo, una misma ambición motiva a unos y otros: la definición del espacio exterior en un sentido ”intimista”, sometiéndolo a un control perimetral e impidiendo su huída. En ese mágico espacio se ubican, también, la máxima libertad formal y el despliegue de la creatividad “artística” (en los exagonales servicios colectivos: Kinder, guardería, comercios), que en los superbloques estaban necesariamente constreñidos.

 

La disposición de las edificaciones en la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza “H”) e, incluso, el empleo de los grandes superbloques “triples” que la caracteriza, parecen mucho más condicionados por las angostas terrazas escalonadas donde se ubican. Las megaestructuras de vivienda se ven obligadas a disertar del rígido mandato de la orientación norte-sur y de la utópica búsqueda de un espacio exterior sagrado, para exhibirse en toda su longitud hacia varias direcciones.

 

Las libertades expresivas que anuncian los servicios “cooperativos” entre los bloques llegarán hasta sus últimas consecuencias en los centros cívicos desagregados. Allí, entre plaza, escuela, cine, iglesia y centro comercial, desaparece la monotonía de la vivienda y reina el eclecticismo tipológico y la “variedad” formal. Hay una patria para los obreros, un lugar existe contra la uniformidad: el centro cívico se abre para los contactos sociales de los que renuncian al inhumano superbloque y desean recibir un baño purificador de “Comunidad”.

 

Pero el símbolo máximo de la Comunidad “2 de Diciembre” y de los afanes constructivos de la dictadura perezjimenista será el “policromado” superbloque. Razones de índole pragmática y de estabilidad estructural condujeron a descartar el esbelto superbloque de “Cerro Piloto” y a seleccionar para su construcción masiva el de “Diego de Losada”. Los mayores cambios, y después las mayores críticas, se concentran en las escaleras internas: pasarían a servir de acceso a los apartamentos del piso superior y de los dos inferiores, a los corredores y, a partir de la Segunda Etapa, cambiarían de posición para permitir ambientes familiares integrados.

 

En diciembre de 1955, después de un febril proceso constructivo de seis meses, el Presidente de la Republica inauguraba la Primera Etapa del “2 de Diciembre” (24). El proceso y el acto se repetirían en diciembre de 1956 y 1957 para las etapas siguientes (25). En tres años se habían construido más de 9.000 apartamentos para alojar a más de 60.000 personas, constituyendo una experiencia sociológica y arquitectónica sin paralelo en América. Hemos señalado algunos de sus problemas y otros aparecen condensados en el “Proyecto de Evaluación de los Superbloques” (26), realizado por un equipo internacional de expertos en 1959, a solicitud del Banco Obrero. El objeto fundamental de su crítica es, desde luego, el derrocado régimen de Pérez Jiménez, pero también, el elemento que se había convertido, nacional e internacionalmente, en su expresión material más acabada: el policromado superbloque del “2 de Diciembre” (ahora, “23 de Enero”). La recomendación final del informe fue seguida al pie de la letra y el Estado suspendió indefinidamente “todo tipo de construcción de superbloques” (27), como en Caricuao, El Valle y Parque Central se demuestra. Grandes empresas, nuevos ropajes, viejas ideas.

 

Notas

(1)     Freddy Rincón N., el Nuevo Ideal Nacional, Caracas, Ediciones Centauro, 1982.

(2)     Ibíd., p.25

(3)     Algunos de los se encuentran en trabajos que estudian el período perezjimenista, como los siguientes: Manuel Rodríguez Campos, Venezuela 1948-1958: El proceso económico y social de la dictadura, Caracas, Alianza Gráfica, 1983; Andrés Stambouli, Crisis Política, Venezuela 1948-1958: Caracas, Ateneo de Caracas, 1980; Clemy Machado de Acedo, Elena Plaza, Emilio Pacheco, Estado y Grupos Económicos en Venezuela, Caracas, Ateneo de Caracas, 1981; Sergio Aranda, La Economía Venezolana, Bogotá, Siglo XXI, 1977; Domingo Alberto Rangel, Capital y Desarrollo. Tomo II: El Rey Petróleo, Caracas, UCV, 1970, 1977.

(4)     “Discurso de clausura de la Semana de la Patria (5 de julio de 1954)”, en Ladislao Tanoi, El Nuevo Ideal Nacional de Venezuela, Madrid, Verdad, 1954, p. 336. En el “Esquema de las bases Doctrinarias del Nuevo Ideal Nacional”, Pérez Jiménez, explica su funcionamiento: “El Ideal Nacional genera una Doctrina: la del Bien Común. La Doctrina genera Planes que proponen la realización de los objetivos. Los planes generan obras sometidas al criterio de la Doctrina”. (Véase: Marcos Pérez Jiménez, Pensamiento político del Presidente de Venezuela, Caracas, Imprenta nacional, 1954).

(5)     Cinco Discursos del General Marcos Pérez Jiménez, Presidente de la República, pronunciados durante el año 1955 y obras realizadas por el Gobierno en 1955, Caracas, Imprenta Nacional, 1955, p. 37.

(6)     Véase: F. Rincón, Ob. Cit., p. 26

(7)     Inclusive en sus Discursos y Exposiciones de Motivos ante las Cámaras del Congreso Nacional. (Véase: Cinco Discursos del General Marcos Pérez Jiménez..., cit.).

(8)     C. Machado de Acedo, “El Estado y su papel en la conformación de la sociedad capitalista venezolana”, en: Estado y Grupos Económicos en Venezuela, pp. 19-93.

(9)     Posteriormente se revelaría que la deuda contraída por el Estado, al margen de toda normativa legal, alcanzaba a los 4.500 millones y afectaba no solo a la solvencia estatal, sino también a las finanzas de numerosas empresas constructoras que auguraron la inminencia dela quiebra y la liquidación general. Por otra parte, los crecientes niveles de desempleo y el peligroso aumento del ejercito de reserva social que presentan los últimos años de la dictadura, cuyos programas de obras públicas pretendían reducir, demuestran la ineficacia específica de tales medidas inflacionarias. (Véase: A. Stambouli, p. 129).

(10) Críticas explicitas a esta política sólo se producirán en la semana anterior a la caída del dictador. Hasta entonces, aparentemente, las “Fuerzas Vivas” del país, incluyendo a planificadores y técnico ligados a la administración del Estado, participaron en la medida de sus posibilidades en la alucinante carrera de gastos gubernamentales. (Véase: A. Stambouli, Ob., cit.,pp. 326-328).

(11) Con motivo del “Día Internacional del Urbanismo”. Véase el Catálogo de la Exposición 1951-1955 – plan nacional de la vivienda (Caracas, BO, 1951) que, junto con el libro la vivienda popular en Venezuela (Caracas, BO, 1952), constituyen inapreciadas fuentes de documentación sobre la arquitectura del Banco Obrero.

(12) Véase: Max Cetto, Arquitectura Moderna en México, New York, F. Praeger, 1961, pp. 158-165. También en los libros de I. Katzman, Arquitectura contemporánea mexicana (México, INAH, 1963) y de I.E. Myers, Mexico’s Modern Architecture, New York, Architectural Book, 1952).

(13) Catálogo de la Exposición 1951-1955- plan nacional de la vivienda, cit., s.p. El Banco Obrero había construido, desde 1928 hasta finales de 1950, la cantidad de 12.125 viviendas y el Plan Nacional de la Vivienda contemplaba la construcción de 12.185 viviendas. Solamente con el número de viviendas que se construyeron entre 1954 y 1955, se había sobrepasado ampliamente aquella cifra (12.689 viviendas).

(14) “El Taller de Arquitectura del Banco Obrero se ha propuesto desde sus comienzos seguir las directrices de la Arquitectura contemporánea, que sin lugar a dudas dan a la Vivienda las características necesarias para que en ellas se desarrolle la función de la existencia, que tiene como su máxima expresión: “Una alegría de vivir” (la corbusierana “Joi de vivre”), del Catálogo de la Exposición 1951-1955- plan nacional de la vivienda, cit., s.p.

(15) Véase el Catálogo dela Exposición 1951-1955 – plan nacional de la vivienda, cit., s.p. También en La vivienda popular en Venezuela, cit., pp. 49 y 67.

(16) Sobre el tema delas unidades cooperativas, vecinales y comunidades existe una cuantiosa bibliografía, aparte de los clásicos libros de Clarence Stein, Toward New Towns for América (New York, Reinhold, 1957) y Gastón Bardet, Misión de L’Urbanisme (París, Les Editions Ouvriéres, 1949). Para su aplicación  en Venezuela, véase: La vivienda popular en Venezuela, cit., la revista “integral”, n. 7, mayo de 1957; y la revista “Cruz del Sur”, n.6, 1952, pp. IX-XIII, en la cual se reseña una discusión entre arquitectos venezolanos que definen cada “unidad” en función al nivel educativo que atiende (preescolar, primaria, secundaria).

(17) Véase: Le Corbusier, Oeuvre Compléte 1946-1952, Zurcí, Les Editions d’Architecture, 1953, p. 189. También Guido Bermúdez presentaría su proyecto de Unidad de Habitación Cerro Grande” con una cita de Le Corbusier en ese sentido: “Yo instalo la vivienda en el corazón del binomio Individual colectivo y, estando asegurada la libertad individual por la vivienda, organizo todo aquello que pueda soportar lo colectivo”. (“Revista del Banco Obrero”, n. 8, diciembre de 1954, p. 32).

(18) Se trata de ocho Unidades de Habitación para la Reconstrucción de Saint Dié, cinco Unidades en el plan de la Rochelle-Pallice y tres en el primer proyecto para Marsella. (Véase: L.C., Oeuvre complete 1938-1946, Zurcí, Les Editions d’ Architecture, 1946, pp. 132-139, 166-169 y 172-193).

(19) Ya mencionamos los “multifamiliares” de Pani, con los que construyó conjuntos residenciales como el “Presidente Juárez”, en México, D.F. Catalano proyectaba Unidades de Habitación, como el “Bloque Río de la Plata”, desde 1949. Sin embargo, la influencia más importante sobre los arquitectos del TABO la ejercerá la “torcida” obra de Niemeyer, quien después los visitaría en el Taller, particularmente con su curvilíneo Hotel de Apartamentos “Quintandinba” para Petrópolis, de 1950. (Véase: Stamo Papadaki, Oscar Niemeyer: Work in Progress, New York, Reinhold, 1956, pp. 18-39).

(20) Venezuela bajo el Nuevo Ideal nacional. Realizaciones durante el Gobierno del General Marcos Pérez Jiménez: 2 de Diciembre de 1952 – 19 de Abril de 1954, Caracas, Servicio Informativo Venezolano, 1954, p. 30.

(21) “Mensaje al Congreso del 25 de Abril de 19954”, en: L. Tarnoi, Ob. Cit., p. 324.

(22) Fue elaborado por la nueva “Sección de Investigación Social, Económica y Tecnológica” del Banco, entre los meses de noviembre y diciembre de 1953. Para comprender las condiciones de urgencia que limitan el alcance de estos estudios, así como los problemas envueltos en la arquitectura del período que estudiamos, resultan esenciales las reflexiones críticas y la perspectiva multifocal de Juan Pedro Posani en Caracas a través de su arquitectura (Caracas, Fundación Fina Gómez, 1969, especialmente pp. 374-378 y 502-506).

(23) Véase: “Integral” cit., s.p., donde se encuentra la descripción general del proyecto.

(24) En la Primera Etapa (Sector Este) se construyeron 12 superbloques, uno de ellos “doble”; 26bloques de cuatro plantas; 4 kindergarten, 4 guarderías y 4 edificios de comercio, para una población cercana a los 15.000 habitantes de los 2.366 apartamentos

(25) En la Segunda Etapa (Sector Central) se construyeron 13 superbloques, 3 de ellos “dobles”; 9 bloques de cuatro plantas, también “dobles”; 2 escuela primarias, 6 kindergarten, 4 guarderías, 1 mercado, 11 edificios de comercio y 1 centro cívico con diversos edificios, para una población aproximada de 20.000 habitantes de 2.688 apartamentos.  En la Tercera Etapa (Sector Oeste y Terraza “H”) se construyeron 13 superbloques, 5 de ellos “triples” y 3 “dobles”; 7 bloques de cuatro plantas, uno de ellos “triples” y 3 “dobles”; 3 escuelas primarias, 7 kindergarten, 1 mercado, 10 edificios de comercio y un centro cívico con diversos edificios, para una población aproximada de 25.000 habitantes de los 4.122 apartamentos.

(26) Proyecto de Evaluación de los Superbloques, Caracas, BO, 1959.

(27) “Debe suspenderse todo tipo de construcción de superbloques por parte del gobierno, en tanto no se tenga una política definida sobre la vivienda en relación al desarrollo económico y social del país y dentro de una planificación y coordinación nacional”. (Proyecto de Evaluación de los Superbloques, cit., p.114.)