Calder: El periplo de un artista vividor

El Nacional - 16 de agosto de 1998

 

Cultura

 

Calder: El periplo de un artista vividor

 

En 1955, durante un mes, el creador estadounidense -pionero de la escultura en movimiento- permaneció en Venezuela, la nación de América Latina que más significado tuvo en su biografía. Remojó su enorme humanidad en Pampatar, paseó por Caracas e inauguró una exposición suya en la que se vendieron casi todas las obras en menos de una hora. Testigos de la época recuerdan al creador de las célebres "nubes" del Aula Magna de la UCV -de quien se celebra el centenario de su nacimiento-, como un hombre mofletudo, sencillo, simpático y bebedor.

 

MARÍA JESÚS MONTES

 

 

Nadie recuerda bien si a Alexander Calder le gustaron mucho los mangos o las arepas. Del viaje que hizo a Venezuela este artista estadounidense, quien revolucionó con sus esculturas en movimiento la plástica contemporánea, se cuentan numerosas anécdotas menos gastronómicas, a pesar de que -y esto sí lo aseguran testigos de la época- comía y bebía sin complejos de culpa.

 

Lo que no se pone en duda es que ningún país de América Latina significó tanto para Calder como Venezuela. Asimismo, pocos creadores extranjeros han dejado aquí una huella tan profunda como este pionero nacido hace cien años, el 22 de julio de 1898, en Lawnton, Pensilvania. No sólo concibió las "nubes" del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, emblema indiscutible de esta casa de estudios, sino que su presencia en Caracas, en 1955, fue un acontecimiento cultural de consecuencias aún palpables.

José María Salvador, investigador de arte, actualmente a cargo de proyectos especiales en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, comenta que la visita de Calder -ya reconocido internacionalmente- coincidió "con el momento de máximo apogeo de la abstracción a nivel mundial, y aquí se encontró con un público de mentores y patrocinadores, entre los que se encontraban Carlos Raúl Villanueva, Alfredo Boulton, Inocente Palacios y Hans Neumann, entre otros".

 

El diabólico Villanueva

 

Precisamente, el cupido de la relación de Calder con Venezuela fue el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, con quien mantuvo una estrecha amistad, alimentada con encuentros anuales y una copiosa correspondencia. En 1952, Villanueva trabajaba en su proyecto de integración de las artes para la Ciudad Universitaria y le encargó un móvil de gran tamaño para la entrada del auditorio.

 

Calder prefería hacer una obra para el interior del edificio. El venezolano le explicó que el techo estaba reservado para unos paneles acústicos, y Calder le propuso hacerlos. Consciente de que era una empresa difícil, le comentó: "Si logras que mi obra esté en el techo, no eres un hombre normal: eres un diablo". Cuando en 1955 el artista estadounidense vio por primera vez sus "platillos voladores" -como les llamaba, y por los que cobró 5 mil dólares, según una factura de 1952- enmudeció durante algunos minutos. Luego le dijo a Villanueva: "Realmente eres un diablo". Y así lo llamó por el resto de sus días: el Diablo.

 

Margot Arismendi de Villanueva, viuda del arquitecto, conoció muy de cerca a Calder. "El mes que Sandy (así le decían los más cercanos) pasó en Venezuela, fue magnífico. Creo que le gustó todo. A pesar de ser un gran artista, era un hombre sencillísimo y desprendido (la casa de Villanueva está literalmente llena de obras de Calder). Con cualquier material hacía algo. También estuvo en Margarita con Alfredo y Yolanda Boulton. Se quedaron en su casa de Pampatar. Andaba como loco. Le encantaba el mar y recoger piedritas".

 

Paulina Villanueva, hija del arquitecto, agrega: "Calder amaba profundamente la vida. Le gustaba comer y bebía mucho. Pero no se le conocieron grandes lujos. Era una persona llana y con una extraordinaria capacidad creadora".

 

Poeta del acero

 

Aunque su madre era pintora y su padre y su abuelo escultores, Calder se empeñó en estudiar ingeniería mecánica, una profesión que si bien jamás quiso desempeñar, marcó su trayectoria plástica. Calder ingresó en 1923 en una academia de arte en Nueva York. En esos años comenzó a colaborar con la publicación National Police Gazzete, para la cual realizaba dibujos y comentarios de las funciones de un circo que visitaba la ciudad.

 

Este trabajo fue decisivo. Creó bailarinas, acróbatas, payasos, animales y carrozas de alambre, corcho, tela y materiales de desecho -un circo en miniatura-, con los que cautivó a buena parte de la vanguardia artística parisina, entre quienes se encontraban Joan Miró, Piet Mondrian o Fernand Léger.

 

El paso hacia la escultura abstracta, su sello, lo da en 1930, inspirado por las pinturas de Mondrian y Miró. Sus primeras estructuras de metal, alambre y madera fueron bautizadas por Jean Arp como stabiles (estables). Su deseo de lograr que las formas se movieran lo llevó a desarrollar los mobiles (móviles), llamados así por Marcel Duchamp.

 

Su obra siguió otras rutas: las constelaciones (piezas irregulares realizadas con pedazos de madera tallada), los towers (una suerte de constelaciones con objetos suspendidos de diferentes formas y colores) y las esculturas monumentales (desarrolladas en los últimos 20 años de su vida).

 

Y aunque el nombre de Calder se asocia inmediatamente con el móvil (y no en vano: fue su inventor), éste no es su única contribución a la historia del arte moderno, como apunta la investigadora Isabelle Dervaux en el catálogo de la retrospectiva que se exhibe en la National Galery of Art: "Calder demostró una gran imaginación en el uso de materiales no convencionales (...) Su trabajo, a pesar de ser fundamentalmente abstracto, se relaciona con los temas cósmicos y las imágenes orgánicas. En su arte, el metal pierde mucha de su connotación industrial y evoca la poesía de naturaleza".

 

Humor de oso

 

A la inauguración de su exposición en el Museo de Bellas Artes (domingo 11 de septiembre) acudió un nutrido público, según reseñan las crónicas periodísticas de entonces. Una hora después de la apertura, casi todas las 60 obras (que costaban entre 600 y 4.600 bolívares), se habían vendido. Al ver la cantidad de puntos rojos que acompañaban sus piezas, Calder agarró un pincel, lo mojó en gouache y pintó un circulito rojo en la nariz de algunos compradores.

 

Calder derrochaba humor. Miguel Arroyo, ex director del Museo de Bellas Artes, fue, junto con Alejandro Otero, su asistente en el montaje de la exposición. Así lo recuerda: "Era un ser jovial. Su cuerpo era voluminoso, fuerte; y su cara mofletuda, con unos ojos azules de niño y un reír ladeado y explosivo, como el que producen los osos cuando juegan con sus cachorros".

 

También rememora Arroyo que en una ocasión, sentados alrededor de la mesa de trabajo de Villanueva, Calder se hizo un autorretrato. "Le dije que se veía mucho más joven y me respondió que llevaba años sin mirarse en un espejo. Por la poca importancia que le prestaba a su vestimenta (únicamente sus camisas eran esplendorosas en textura y color), le creí".

 

En el año de su centenario, las principales capitales culturales del mundo le rinden un rosario de homenajes y exposiciones. En Caracas, unas diez obras -pertenecientes a las colecciones del Museo de Bellas Artes, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber y la Universidad Central de Venezuela- sirven como testimonio de un artista prolífico que iba a todas partes con un alicate en el bolsillo.

 

En cambio, de las casi 60 piezas que se vendieron como pan caliente en la exposición de 1955, pocas permanecen en el país. Paulina Villanueva y José María Salvador señalan que muchos de sus propietarios prefirieron venderlas en el exterior (el mes pasado, varios móviles de Calder se cotizaba entre 30 y 65 mil dólares en una subasta de Christie's).

 

Los excesos gastronómicos y alcohólicos le pasaron factura el 11 de noviembre de 1976. Calder falleció en Nueva York fulminado por un infarto. Casi 20 años antes, el 12 de septiembre de 1955, en el techo del baño de la casa de Villanueva, Sandy escribió: "Recuerdo de una (sic) mes en Caracas y esperando volver con Louisa" (su esposa, descendiente del novelista Henry James). Sin embargo, jamás regresó. Se quedó en su casa de Saché, en Francia, convirtiendo cualquier alambre en una obra de arte, bebiendo vino y jugando con sus nietos. De vez en cuando se acordaría de sus "platillos voladores". Seguro, porque una vez comentó: "Ninguno de mis móviles ha hallado un ambiente más extraordinario y más grandioso. Este es el mejor monumento a mi arte".

 

Besos para todos

 

La correspondencia entre Carlos Raúl Villanueva y Alexander Calder es tan vasta como fraterna. El artista estadounidense solía escribir con tinta china y pincel, en inglés y francés (su español era bastante precario); y usualmente remataba sus misivas con un "Besos para todos. Sandy". He aquí una pequeña muestra de lo que Calder plasmó en el papel sobre la esencia de su obra, las nubes acústicas del Aula Magna y su impresión de Caracas.

 

• "Desde los comienzos de mi obra abstracta, y aún cuando no fuera muy evidente, sentí que no existía mejor modelo para mí que el Universo... Esferas de distintos tamaños, densidades, colores y volúmenes, flotando en el espacio, a través de nubes y aguas vivas, corrientes de aire, viscosidades y olores, en su mayor variedad y disparidad". (Sin fecha).

 

• "Los `platillos voladores' de Caracas son una nueva invención. Las fotografías ratifican mis expectativas. ¡Muchas gracias, Carlos!". (París, 19 de noviembre de 1953).

 

• "La ciudad de Caracas es muy atractiva, con esas montañas que la rodean tan cerca. Y la cantidad de edificios que se están construyendo es sorprendente. Sin embargo, siento que deberían tomarse ciertas previsiones para evitar que la ciudad se convierta en una sólida masa de concreto llena de edificios pegados hombro con hombro". (1955)